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Un pequeño desierto en la ciudad

Un tiempo de silencio, de encuentro, de paz

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Desde este pequeño desierto en la ciudad, se contempla Barcelona, con el mar al fondo brillante y luminoso, como es siempre el Mediterráneo; y en la línea del horizonte emergen las construcciones más significativas de la ciudad. Barcelona es una ciudad no sólo para vivir, sino también para mirar, observar. Contemplar Barcelona desde esta montañita palautiana, merece la pena en cualquier momento. La nitidez del día permite identificar cada uno de los elementos dispuestos en el paisaje, pero los centelleos de las luces nocturnas le confieren a la ciudad una particular belleza que plasmó Francisco Palau en Mis Relaciones y en las Cartas escritas desde este lugar de Santa Cruz de Vallcarca – Penitentes.

Avanza abril, y en el aire se respira una cierta sensación de impaciencia. En el bosque y la montaña de este lugar palautiano, las noches son aún muy frías y al amanecer el suelo sigue cubierto de escarcha. Mientras transcurre el mes, las nubes aparecen y desaparecen, los chubascos son constantes, el viento arrecia. Pero el aire ya huele a bosque: basta que la atmósfera se temple o  que un rayo de sol atraviese las copas de los pinos, para que las aves improvisen sus primeros cantos y los jabalíes o algún conejo se te crucen en el camino. La retama y la mimosa perfuman el camino que en el silencio de la naturaleza hacen agradable la atmósfera del día  que despierta a la vida, y todo dentro de una armonía. Es el dinamismo de la primavera naciente.

Es primavera, y con más horas de luz en esta montaña de los Penitentes, todo se está llenando de colores y olores. Las flores de la buganvilla empiezan a brotar, las adelfas, el tomillo, la menta, las margaritas, las rosas, los lirios, la mimosa, el áloe vera, los espárragos, los higos chumbos, y un sin fin de flores silvestres entonan su sinfonía silenciosa y radiante.

Cuando el sol se pone, las piedras que quedan como base de la construcción de los Hermanos, reflejan la luz cálida del atardecer. Justo en el momento en que el día declina y la oscuridad se acerca, es cuando las piedras de la casa parecen tener más luz propia que nunca. La finalidad de estas sencillas piedras es servir en su humildad de puntales luminosos para la memoria histórica.

Dentro de este pintoresco paisaje, está enclavada la comunidad P. Palau (Vallpar, 3) con un elemento nuevo para atender mejor a su misión: la Ermita Nuestra Señora de las Virtudes. Este lugar sencillo abre sus puertas a toda aquella persona que desee tener experiencia de “cueva”, de silencio, de contemplación. Se trata de un pequeño pero acogedor espacio, que ofrece la oportunidad de orar con la espiritualidad Teresiana Sanjuanista – Palautiana. Tiene capacidad para una sola persona con todo lo mínimo necesario cubierto: habitación individual con la cama, mesa escritorio, cocina con nevera, microondas, baño completo y, a la entrada un pequeño rincón de encuentro. Quien desee acudir para este tipo de experiencia, tendrá las llaves  de la capilla del P. Palau, del lavadero, de la salida a la calle, y podrá disfrutar también del tendedero con dos hermosas terrazas y un entorno natural único para poder disfrutar de la naturaleza. A la vez, se podrá disponer de material de reflexión, oración y estudio sobre nuestro Carisma. Se puede venir con el propio ordenador portátil. Si se desea, la comunidad proporciona la comida y la posibilidad de participar de los actos litúrgicos.

Quedáis todos invitados para hacer experiencia eremítica urbana, en este pequeño desierto en la ciudad.

                                                          

Comunidad P. Palau

Vallpar, 3 - Barcelona




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