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Hna Lucía Lauterio

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Entre las residentes de "El Carmen" de Burgos encuentro a Hna. Lucia Lauterio sentada siempre con una sonrisa y atenta a todo lo que pasa a su alrededor. Tiene 95 años, con mucha experiencia de vida, pero también con una sonrisa espontanea y contagiosa.

Las Carmelitas Misioneras, ¿por qué?

Conocí a las Carmelitas Misioneras cuando tenía 18 años. Una amiga mía, Eva, era postulante y me invitó a conocerlas. Me gustó mucho estar con ellas porque las veía felices y yo quería ser como ellas. Eran muy alegres y me gustaba todo lo que hacían. Por cierto, Eva Martínez aún vive como carmelita misionera, aunque es mayor que yo.

¿Eras feliz en el noviciado? ¿Qué te hacía feliz? ¿Qué es lo que más te costó?

¡Sí!, ¡todo me hacía feliz! Mi maestra de novicia, hna. Francisca, era un buen ejemplo para seguir y muy alegre. ¿Qué es lo que más me costó?, no sé porque antes de entrar todos me decían que lo pensara bien porque me mandarían hacer esto u otro, pero no me costó obedecer porque entré con la idea de darme a Dios.

¿Tus destinos?, ¿Y tus trabajos?

Como muchas hnas. he ido por los pueblos de Guipúzcoa y Zaragoza dando clases. Me gustaba mucho mi trabajo porque se podía hacer mucho bien a través de la enseñanza. Me cambiaban mi destino cada 6 años pero me hacía mucha ilusión conocer a gente y lugares nuevos.

¿Cambiando tu hogar cada 6 años?, no habrá sido fácil para ti. ¿Qué significaba para ti la obediencia?

Jajaja, para mí la obediencia significaba "darme a Dios". La disponibilidad siempre ha sido importante para mí porque creo que hay que estar disponible, para que Dios pueda contar con nosotras en donde haga falta, para realizar sus obras. He sido feliz con todos mis destinos y doy gracias a Dios por ellos.

Después de una vida misionera, ¿Cómo vives la experiencia de la "dependencia"? ¿Qué significa para ti esta etapa de tu vida? Y, ¿Cómo Carmelita Misionera? ¡¿Cómo la voy a vivir?! 

¡¡Con alegría!! Aunque tengo 95 años, con la maleta preparada para hacer mi último viaje como todos mis seres queridos que ya no están aquí. Esta etapa de mi vida, la ancianidad y la enfermedad, son un período de la vida tan hermoso como cualquier otro de nuestro vivir, y, desde luego, el más digno de respeto y gratitud. De la ancianidad enferma brota mi mejor experiencia de Dios. Siento a Dios más cercano, más mío y más como yo. Yo dejo a todas que me cuiden porque reconozco que no puedo hacer casi nada sola. Como carmelita misionera, puedo seguir siendo la testigo del Amor de Dios. ¿Cómo? Cumpliendo la voluntad de Dios, manteniendo la alegría, dando gracias por todo lo que he vivido y que estoy viviendo, y pidiendo a Dios por todos los que necesitan su mirada misericordiosa.

¿Un consejo para los jóvenes?

¡¡Sed alegres!! Porque somos amados de Dios.

 



« Hna Mª del Carmen Goñi

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