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Las sandalias del Misionero

Monseñor Gonzalo. Descanse en Paz

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De Medina de Pomar a Luena (Angola) pasando por Burgos y Sucumbíos. Cuatro hitos de la vida de un profeta de nuestros días, de un hombre de talla que reconcilia con el ser humano. Es una alegría dar con él, porque despierta las músicas del Espíritu que todos llevamos dormidas en los adentros. Estamos hablando de Gonzalo López Marañón, que terminó su vida a pie de tierra, donde están los pobres, como un servidor, tal como lo había soñado en sus primeros años jóvenes. Ayer, día 16 de mayo nos reunimos en la iglesia del Carmen de Burgos: familiares, amigos, misioneros, junto al obispo de la Diócesis, para agradecer y cantar su vida. Unas SANDALIAS del que fue toda su vida sembrador del evangelio de Jesús, traídas de Angola, su última etapa entre nosotros, fueron el símbolo de una eucaristía misionera.     

Y uno no sabe qué admirar más en él: si su reflexión profunda en largas horas de oración contemplativa o su tenacidad para simbolizar con gestos y palabras los caminos que el Espíritu deseaba abrir en las gentes del pueblo; si sus ojos abiertos, limpios, perspicaces, para captar signos en los tiempos o su capacidad para convocar a muchos en la fascinante aventura de la nueva humanidad que Jesús puso en marcha; si la grandeza de los sueños que el Espíritu le regaló en el camino y que él guardó como un tesoro de alegría en su corazón o su valentía para enfrentarse a los poderosos que manchan la dignidad de los pobres; si su sentido del humor también en los momentos de noche y su capacidad de gozar con las pequeñas cosas de cada día o su tenacidad al dar voz a los que no la tienen ni en la iglesia ni en la sociedad -“solo se puede conocer a un pueblo cuando las mujeres comienzan a hablar”, decía-; si su dolor ante la división del alma del pueblo o su coraje para ayunar durante más de veinte días para interceder por la paz.

“Mi corazón está siempre con Jesús y con la gente”, decía a última hora, con las notas de esa canción que había cantado a lo largo de su vida misionera. Sí, su corazón estaba con los ríos y las selvas, con las pequeñas iniciativas de dignidad surgidas en las aldeas escondidas, con las celebraciones vivas de la fe, con la profecía hecha anuncio interminable, con cada ser humano empobrecido, con los misioneros y misioneras que son la avanzadilla de Jesús en esta hora.

Escogió, y Dios se la concedió, la aldea de Calunda para enterrar su semilla como ese grano de trigo entregado que da muchos frutos. Metido en mil batallas, le acompañó hasta el final la paz del “nada te turbe” teresiano. Supo de noches oscuras y las asumió, pero en la noche escuchó el sonido de la Fonte que mana y corre.

Salió el sembrador a sembrar y lo hizo con alegría y esperanza, salió a pregonar, como María, su gran referencia: “haced lo que Jesús os diga”. Salió el sembrador a sembrar, con sus SANDALIAS de fraile carmelita descalzo, y dejó sembrados los caminos y los corazones de Evangelio. Salió a invitar a todos a que pongamos los ojos en Jesús, porque “mira que te mira”. Este texto, que comunicó a través de las ondas de la radio a la provincia de Sucumbíos y que fue escuchado por los indígenas y campesinos, por los negros y las mujeres, lo manifiesta muy bien:

“Mis amigos oyentes: bien puede decirse que uno se hace más cristiano y más humano, cuando se atreve a mirar los ojos de Jesús, ojos llenos de bondad y misericordia… ¡Ah! Esos ojos del Señor, tan cálidos y suaves como el sol de la mañana; tan claros y francos como el azul sin nubes del cielo; tan amables, tan puros, ojos pensados y hechos para nosotros pecadores. Hermanos oyentes que creemos en Jesús: ¿será que tenemos el valor de mirar esos ojos tan claros del Señor?... y sentir en ellos, sin ningún reproche, aquel sereno amor, aquel redentor abrazo de perdón: VEN A MÍ, TE QUIERO, AMIGO MÍO. AMÉN” (Mons. Gonzalo, 20 de octubre 1995).

Gracias, hermano, amigo, testigo, misionero. Gracias. Sigue con nosotros, que hay muchos pobres que quieren seguir escuchando tus palabras alentadoras. ¡Qué bien suena JESÚS en ti, qué bien suena IGLESIA en ti, qué bien suena COMUNIDAD en ti! Gracias por tus SANDALIAS, única herencia que has querido dejar a los Carmelitas Descalzos para que no se acabe en ellos el fuego misionero. Tu lema queremos que sea el nuestro: “Vivir y morir en misión”. 

Tomado de la web OCDIBERICA

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¿QUIEN ERA ÉL?

Hermanos y hermanas: paz y esperanza en la Ascensión del Señor.

En el día de hoy, 7 de mayo, víspera de la Ascensión del Señor, en el obispado de la diócesis de Luena - Lwena (Prov. Moxico. Ángola) ha fallecido Mons.  Gonzalo López Marañón (Fr. GONZALO DE LA INMACULADA). Allí fue llevado desde su último puesto misionero, porque le aquejaban diversas dolencias tropicales, y allí ha entregado su alma al Creador, este obispo carmelita que siempre quiso vivir y morir en misión.

Mons. Gonzalo López Marañón había nacido en Medina de Pomar (Burgos) el día 3 de octubre de 1933, entonces fiesta de Santa Teresita. Profesó el 13 de agosto 1950 en El Burgo de Osma y fue ordenado de presbítero el 6 de abril de 1957 en Burgos. Destinado en 1970 como Prefecto Apostólico de la Misión Carmelita de San Miguel de Sucumbíos (Ecuador),  permaneció durante cuarenta años en servicio misionero, hasta 2010, primero como Prefecto Apostólico desde 1970 a 1984, y, una vez consagrado obispo el 8 de diciembre de 1984, como Vicario Apostólico en esa región de la Amazonía ecuatoriana.

Cumplido su servicio en Ecuador en el año 2010, quiso seguir viviendo y sirviendo a la Iglesia misionera y buscó puesto misionero en Ángola.

En la tierra africana ha caído su grano de trigo y esperamos el fruto de su entrega en nuevas vocaciones misioneras.

 

Fr. Gabriel Castro OCD



María de Jesús Crucificado (La Arabita) OCD »

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