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Hna. Victorina Fernández Hernando

“Yo soy la resurrección y la vida”.

 

 

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Julio, que acaba de terminar, nos ha regalado la presencia de María, Madre del Carmelo, también hemos tenido la oportunidad de reavivar nuestra esperanza en la Resurrección al contemplar el paso a la Vida de algunas hermanas. El día 27 de julio de 2016 nos sorprendió el fallecimiento de nuestra HNA. VICTORINA FERNÁNDEZ HERNANDO, en la comunidad “San Francisco Javier”, Pamplona. Tenía 88 años de edad y 71 de Vida Consagrada. Sabemos que ya está celebrando la Pascua eterna, nos alegramos con ella.  

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Camino recorrido

 

 

Victoria, como la llamábamos, nació en San Adrián de Juarros, Provincia de Burgos, el día 8 de noviembre de 1927. Ingresó en la Congregación en el año 1943 y profesó el 31 de agosto de 1944 en el noviciado de Pamplona. Su primer destino fue Barcelona-Casa Madre, donde consolidó su espíritu misionero y se preparó, con otras hermanas, para viajar a tierras argentinas. En nuestra Historia (pág. 474, Tomo III) encontramos el nombre de Victorina de la Niña María entre las hermanas que viajaron en el trasatlántico “Cabo de Buena Esperanza” el 28 de enero de 1947. Larga travesía y larga trayectoria de vida y misión en Buenos Aires, Arrecifes y La Plata. Allí quedó la semilla de su vida como una huella que no se pierde en la arena. De regreso a España se incardina, sucesivamente, en las comunidades de San Sebastián, Burgos y Pamplona. Ha realizado su misión apostólica en la educación y en la pastoral, en porterías, servicios comunitarios y en la secretaría provincial de la antigua Provincia “San José”. En el año 1992 fue destinada a la comunidad “San Francisco Javier” de Pamplona; años de fraternidad y servicio en este lugar donde pronunció su primer Sí como Carmelita Misionera y en donde ha recibido la invitación del Señor para celebrar y disfrutar eternamente del Banquete del Reino con todos los elegidos.

 

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Huella que ha dejado:

La huella testimonial que ha dejado Victoria en el camino de la vida es su entrega y servicio. Su sencillez, prudencia y discreción. La responsabilidad y el sentido del deber; realizaba su trabajo, sin que supiera su “mano izquierda lo que hacía su derecha” y lo realizó hasta el último día de su paso a la Vida.  Su actitud interior que la llevaba a profundizar constantemente en el Misterio de Dios y a vivir lo esencial: el amor a Dios y a los hermanos. Su serenidad y entereza, su capacidad de aceptar los sufrimiento de la vida en silencio, sostenida por una fuerte vivencia teologal. Su apertura, le gustaba leer, estar al día y alimentarse de lecturas espirituales. Su disponibilidad para vivir y servir en diferentes lugares de la Congregación. 

 

En comunión con las hermanas que ya están en la casa del Padre alabamos al Señor por la obra que ha ido haciendo en nuestra Familia de Carmelitas Misioneras a través de nuestras hermanas, quienes con la lámpara encendida han ido enraizando y enriqueciendo el carisma palautiano. Damos gracias por su testimonio y, especialmente, por la huella vocacional de nuestra Hna. Victoria; contamos con su intercesión. 

Hna. Carmen Ibáñez Porcel

Madrid, 3 de Agosto de 2016



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