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Hna. María Montagut Campalans

“Yo soy la resurrección y la vida”.

 

 

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El Señor ha llamado a nuestra HERMANA MARÍA MONTAGUT CAMPALANS a participar del Banquete del Reino, donde el gozo y la paz durarán para siempre. Ha fallecido el día 19 de febrero de 2017, en la comunidad de la enfermería “Santa Teresa”, Casa Madre, Barcelona. Tenía 96 años de edad y 59 de Vida Consagrada.

 

 

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Camino recorrido

Hna. María nació el 16 de febrero de 1921 en Santa Coloma de Queralt (Tarragona), localidad donde las Carmelitas Misioneras llegamos en el año 1910; allí las hermanas han realizado una hermosa misión al servicio del pueblo hasta el 2016. Sin duda, en su vocación influyó el testimonio de la comunidad que trabajaba en el Hospital “Virgen del Carmen”. Hna. María profesó en el noviciado de Pamplona el 11 de mayo de 1957. Su trayectoria comunitaria y apostólica durante los 59 años de Vida Consagrada se centra en la atención a los enfermos y en servicios comunitarios. Su primer destino fue la comunidad del Hospital “San Lázaro” de Tarrasa (Barcelona). Durante un largo período de su vida, del 1965 al 1980, estuvo en la comunidad y el Instituto Frenopático de “Les Corts” de Barcelona, cuidando a los enfermos con discapacidad psíquica. En la comunidad y el Hospital “San Roque” de Gironella atendió con delicadeza a los ancianos. En el año 1988 fue destina a la casa Madre, primero estuvo en la comunidad “Virgen del Carmen”, después en la comunidad “Santa Teresa” y pocos meses antes de su Paso a la Vida ingresó en la enfermería. Recordar a Hna. María, es recordar a la mujer amable y hacendosa del evangelio. Ya está celebrando la Pascua eterna; nos alegramos de su encuentro gozoso con el Señor y con todas las Carmelitas Misioneras que nos van precediendo en la casa del Padre.

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Huella que ha dejado:

La huella que nos ha dejado Hna. María es la bondad, la sencillez, la acogida.  Su sentido de pertenecía y amor a la Congregación, era feliz de ser Carmelita Misionera, de vivir en comunidad y de servir a los demás, principalmente a los enfermos, de cualquier enfermedad, también a los ancianos. Su responsabilidad en los servicios que se le confiaban; su trabajo y colaboración; aunque estaba limitada, seguía ayudando en lo que podía, atendiendo el teléfono y la portería; su disponibilidad.  Una hermana que ha convivido con ella nos comenta la huella que ha dejado: su vida interior, el amor fraterno, el servicio desinteresado y la aceptación de la voluntad del Señor.

 

 

 

 

Y todas nosotras, como Familia, nos unimos en oración, dando gracias por su vida y su servicio a la Iglesia. Confiamos en que nuestra Hermana, mujer de corazón universal, de hondas raíces catalanas y palautianas, seguirá intercediendo por la vivencia carismática en la Congregación y por las nuevas vocaciones al Carmelo Misionero.  

 

Hna. Carmen Ibáñez Porcel

 

 Madrid, 21 de febrero de 2017



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