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Orando y conviviendo paso a paso

No importa lo largo que sea el camino... importa que cada paso que hagas los disfrutes con amor y felicidad....

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Hay una especie de complicidad cuando se peregrina juntos; se vive con lo indispensable, a la intemperie; compartes el calor, el frío, la lluvia del camino, los atardeceres y los amaneceres, el paisaje y el suelo que pisas a veces embarrado, a veces mullido por la generosa vegetación, a veces …

Hay una especie de complicidad cuando se peregrina a Tierra Santa, cuando compartes cada paso no solo con el de la derecha y el de la izquierda, con el de atrás y con el de adelante, porque de alguna manera caminas con Jesús y sus amigos, porque cada paso te recuerda los pasos de Jesús, la tierra, el camino tantas veces recorrido, historias cargadas de encuentros, de esperanzas, de curaciones, en una tierra en la que conviven, sufren y oran distintas etnias, distintas religiones.

Ya hace cuatro años que el P. Miguel Márquez, OCD de la Provincia Carmelitana de Castilla, animado por el P. Francisco Negral OCD, también de esta Provincia pero en Tierra Santa desde sus primeros pasos de sacerdote y carmelita, iniciaron con grupos pequeños (14 personas más los dos guías, Miguel y Paco), de edades variadas (en mi grupo nos movíamos entre los 22 y los 67 años), con distintos vínculos carmelitanos (Carmelo Joven, Carmelo Ecuménico, Grupos de Oración, Congregaciones de la Familia Carmelitana,…), peregrinaciones desde el Monte Carmelo a Belén, con mochila a la espalda, durmiendo en albergues e incluso bajo el cielo de Tierra Santa, a orillas del Mar de Galilea, el Lago Tiberiades.

Se crea una especie de complicidad más allá de los 16 de mi peregrinación, complicidad que se alimenta desde el compartir a través del correo electrónico, facebook y encuentros diversos.

En estas peregrinaciones hemos participado tres Carmelitas Misioneras, Mª José Gallardo en la segunda y Rosalia Fernández y yo en la tercera.

El fin de semana del 29 de junio al 1 de julio nos hemos juntado 22 peregrinos en el Valle del Jerte (Rosalia y yo entre ellos). 22 peregrinos con bota y mochila y el resto nos acompañaron virtualmente. No todos nos conocíamos personalmente, llegamos desde Madrid, Salamanca, Granada, Cuenca, Toledo, Asturias, Italia…

No hay otro objetivo que el encuentro, el caminar unidos, recordar que no se deja a nadie en el camino, ni porque no ha podido venir, ni porque camina más lento o se ha lastimado o es más débil, todos a una caminando “sobre la palma de la mano del Señor”.

Los más afortunados nos encontramos en Ávila y el resto fue llegando, según las posibilidades laborales, hasta “Casas del Castañar” en Cáceres, donde la familia de Miguel nos dio asilo ¡y qué asilo!

Nos saludamos, saludamos a la familia de Miguel, organizamos la comida que llevábamos para compartir los tres días (¿por qué estos cálculos siempre salen mal? Podíamos habernos quedado tranquilamente tres semanas), los sacos y las estancias, disfrutamos del atardecer y después del descanso, a las seis y media del sábado, salimos en los coches rumbo a la Sierra de Gata donde los dejaremos lo mejor aparcados posibles para hacer el descenso hasta Batuecas, en la provincia de Salamanca.

El panorama es espectacular, indescriptible. Comenzamos a caminar. El terreno nos mostró más de una cara, caminábamos bajo pinos, robles, nogales y otros grandes árboles que dejaban su impronta en el suelo: mullidito, resbaloso; y su brisa olorosa. Casi sentimos fresquito después de la ola de calor que nos azotó en los últimos días de junio. Ah, pero no todo era tan fácil, de cuando en vez, y con bastante frecuencia, atravesamos amplios pedregales que te hacían caminar con todos los sentidos atentos y el cuerpo en tensión para lograr el equilibrio necesario.  

Llevábamos cerca de dos horas caminando cuando descubrimos un alto con piedras (muchas piedras) que nos pareció apto para celebrar la Eucaristía. Nos sentamos para orar, celebrar, contemplar mucho más allá del descanso. La liturgia nos habla de curación y de entrega gratuita de la propia vida. Vivir la Eucaristía en plena naturaleza, en esa naturaleza rica y bellísima (hoy devastada en una gran extensión por el incendio de esta última semana), es en sí mismo don, liturgia, curación, fuerza de entrega. A veces la brisa es fresca, como fresco y nuevo debe de ser el soplo del Espíritu. La Eucaristía va avanzando y te gustaría que no terminara nunca, como Pedro, Santiago y Juan en el Tabor le pides a Jesús: quedémonos aquí, así, para siempre. “¿A dónde voy a ir yo lejos de tu presencia?” suspira el P Palau cuando, urgido por la misión, abandona su retiro del Vedrá.

El silencio es sobrecogedor, vivimos la Eucaristía con calma y profundidad y continuamos nuestro caminar. “Peregrinamos para hacer nuestra vida disponible al querer de Dios, pocas alegrías tan grandes como la de que nuestra vida ponga en pie la de los demás, y rescate al otro de sentirse no amado” dice Miguel en la crónica de estos días.

A las cuatro horas de camino, aparece allá abajo, en el fondo el monasterio de Batuecas. El espectáculo te deja clavado al suelo, más que nuestra boca hablan los ojos y el corazón temiendo romper el silencio del valle.

La última parte es en caída abrupta. Gracias a esa especie de escaleras naturales que hicieron los carreteros para las mulas, vamos llegando hasta el monasterio.

Allí hemos compartido con los frailes y con Ogi, un joven búlgaro que vive en Batuecas, también damos buena cuenta de la comida, que hambre ya llevábamos.

A la  vuelta hemos parado en Plasencia y compartido con la madre de Miguel que de pronto se ha hecho una peregrina más. Estas cosas también se dan en el camino.

Estamos cansados pero de nuevo el atardecer llena nuestro espíritu de belleza y paz. Preparamos la cena y la degustamos mientras compartimos lo visto, lo orado, las anécdotas del día. Sin duda la palma se la lleva la Eucaristía en la montaña.

El descanso está merecido, antes de irse cada uno a su "nido" oramos comunitariamente.

El domingo amaneció un poco menos temprano, nos armamos los “cachiperres” y nos acercamos a Malpica, la finca de cerezos que tiene la familia de Miguel y hacemos lo que hacen todos los lugareños de “Casas del Castañar”: recoger cerezas. Bueno previamente Miguel nos dio una normas básicas de cómo había que hacerlo, que todo tiene su ciencia y … sus sorpresas, que en el programa no estaba que se enfadara una colmena de abejas que no sabemos que hacía allí pero que defendieron lo que creían su territorio a golpe de aguijón; más del 50% acabamos “tocados” (pero no hundidos, gracias a la ciencia médica que hay en el grupo).

La Eucaristía del domingo la celebramos en el salón de la casa. No hay prisa, traemos a ella a todos los peregrinos que no han podido acompañarnos, ponemos sus nombres ante el Señor y también el nombre de aquellas personas que puedan necesitar nuestra oración, cariño, palabra,… También presentamos al Señor nuestras heridas, las rozaduras y ampollas del camino; no, no son las de los pies, o las picaduras de las abejas, son esas otras heridas que nos llevan a hacer pensar que hay partes de nosotros mismos que mueren, pero eso no pasa… “la niña no está muerta, está dormida” le ha dicho Jesús al centurión que le ruega por su hija;  “la niña no está muerta, está dormida” me has dicho hoy al oído. Señor, creo pero aumenta mi fe. Esta celebración es ciertamente, un momento de gracia.

Recibimos algunas visitas. Gente sana y alegre, que se ve contenta por nuestra presencia y decidimos dar una vuelta por el pueblo antes de comer.

En la comida ya hay ambiente de recogida y despedida, los que tienen más kilómetros son los que salen primero no sin haber recogido todo y dejar unas palabras de agradecimiento para nuestros anfitriones.

“Nos despedimos para encontrarnos en cada paso del camino, en cada celebración, en este deseo de no rendirnos, no huir, no dejar de explorar caminos que conduzcan a lo que es verdadero. Allí donde esté cada uno de los peregrinos, enviamos un abrazo entrañable de paz y de alegría. Que el Dios de la vida haga sentir a vuestros pies la vitalidad de su confianza, y que en cada paso que deis, otro se sienta animado a caminar al veros sonreír en la dificultad”. (De la crónica de Miguel Márquez)

Os dejamos algunas instantáneas del camino.

Mª Victoria (Charo) Alonso




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