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Vamos a Jerusalém

Hemos vuelto a “caminar” los cuarenta días de la Cuaresma, de este tiempo de gracia, tiempo de salvación. Domingo tras domingo he escuchado la Palabra de Dios en laudes: “No hagáis luto ni lloréis; es un día consagrado a vuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza”. (Ne 8, 10)

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“El gozo en el Señor es vuestra fortaleza” ¡Cuán lejos nos situamos habitualmente de esta convicción! Muchas veces Dios es un extraño en nuestra tierra, en nuestra casa, en nuestra familia, hasta en nuestra comunidad y en nuestra parroquia. Muchas veces, Dios es un extraño en nuestra vida. Creemos descubrirle en ella en momentos puntuales, marcados muchas veces por la norma y las reglas. Encuentros previstos y obligados. Encuentros entre la rutina y la prisa.

Y sin embargo “El gozo en el Señor es nuestra fortaleza”.

Antes de volver a recordar la entrega de Jesús por nosotros, por cada uno de nosotros, con nuestro nombre y apellido, en el pórtico de los “días santos” nos llega la Palabra de Dios a través del Evangelista Juan:

“… él, que había amado a los suyos, los amó hasta el extremo, y durante la cena… se levanta de la cena, deja el manto y, cogiendo un lienzo, se lo puso a la cintura; luego echó agua en el barreño, y empezó a lavar los pies de sus discípulos y a enjugarlos con el lienzo con que él estaba ceñido…

… ¿Os dais cuenta de lo que acabo de haceros? Vosotros me llamáis “Maestro” y “Señor”, y hacéis bien, pues lo soy. Por tanto, si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies, pues os he dejado un ejemplo, para que también vosotros hagáis tal y como yo hice con vosotros…. seréis felices si lo hacéis.”

Así nos narra Juan la institución de la Eucaristía; este texto es el que elige la liturgia de la Iglesia la tarde del Jueves Santo, día de la Eucaristía, del sacerdocio, del Amor.

Y es que Dios, el Dios que se empeñó Jesús por descubrirnos, el Dios Padre y Misericordia, es una presencia cotidiana, un regalo, una luz, que nos ilumina y fortalece, que nos invita y urge a descubrirle en la comunión, en el servicio, en la entrega, en el AMOR.

No dejan de ser especiales estos días. Recuerdos, vivencias, emoción, sentimiento, o quizá sólo, descanso. Hay quien optará por la playa y quien lo hará por la nieve. De extremo a extremo, hay oferta para todo. Hay, quien vestido de cofrade o de peineta, acompañará el “paso” artístico y engalanado, de la pasión de Jesús o se apiñará en cualquier acera ¿espectador o devoto?, procesión tras procesión.

Y sin duda Dios está ahí, para quien lo vea y para quien no lo vea. Dios está también ahí y en las celebraciones litúrgicas. Y Dios está y seguirá estando en cada uno de los hogares que son albergados por las casas que forman las calles por las que discurren las procesiones y también en aquellos hogares, de aquellas casas, de esas calles, por donde apenas circula nadie. A veces, ni hay calles.

Dios está en la celebración, en la fiesta, en la liturgia, en la alegría, en el dolor, en la angustia de quien nunca tuvo, en la del que tuvo y va viendo cómo aquello que creía tener se esfuma.

Dios está en lo cotidiano, cada momento, cada instante es una teofanía, una manifestación de Dios, pero ¿somos capaces de descubrirle? No hace mucho escuché que, vivir es, como tejer un gran tapiz. No importa lo grande que sea, ni tampoco lo artístico porque la base del tapiz es simple y siempre la misma: dos hilos, la urdimbre y la trama, que se entrelazan, que se sujetan a sí mismos. Dos realidades van tejiendo nuestra vida: nuestra relación con Dios y la relación con todos aquellos que van formando parte de nuestra vida. Estas relaciones dan sentido a lo que hemos sido, a lo que somos y a lo que seremos.

La experiencia de Dios que vivió Jesús fue la de un Dios Padre que le hacía capaz de cambiar lo cotidiano, que le capacitaba para que desde sus entrañas, con la simplicidad y la grandeza de su vida, hiciera presente a Dios en lo cotidiano: en la viuda, su llanto y su óbolo; en el samaritano que se detiene y ayuda al herido; en la amistad en la Casa de Betania con Marta, María y Lázaro; a orillas del lago, entre echada y echada de red, entre fracasos y pescas milagrosas, con la apacibilidad del lago y su encrespamiento; en la oración a solas y en el milagro; en el camino, en la sinagoga, en el Templo, en el palacio de Pilatos, en el abrazo y en la sed al borde pozo,… Dios estaba presente a través de su persona en cada paso y en cada gesto.

Su presencia y su palabra hacía “arder el corazón mientras nos hablaba por el camino” (Lc 24, 32) pero sólo después de la experiencia de muerte y resurrección fueron, y somos capaces, de reconocer y transmitir a Dios en lo cotidiano. Si no lo vemos, si no lo hacemos presente, es que no hemos pasado de una fe en dogmas y leyes a una fe de relación y de amor. Merece la pena forzar este cambio. Dios ha hecho de nosotros, de todos nosotros, “un reino de sacerdotes” para servir a los pobres, liberar a los cautivos, dar vista a los ciegos,… es decir hacer palpable y cotidiano, que el Reino de Dios está en medio de nosotros. Llenémonos de su presencia cotidiana en la vida para poder darle sin mesura.   

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JUEVES SANTO

es una llamada al amor, a preguntarnos qué es lo que de verdad uno ama, y entregarse a ello. Descubrir lo que amo y entregarme a ello es una propuesta arriesgada, y el único camino que lleva a la felicidad verdadera, a darse sin límite, a la VIDA que conoce fin.

El meollo del mensaje de Jesús se encuentra en el “mandamiento nuevo”, aquel que compartió con sus amigos y amigas en la última cena: AMAROS.

Sin detenernos en lo que sucedió en aquella cena, sin encontrar la mirada y la experiencia en nuestro corazón difícilmente podremos entender lo que pasó después, de aquella cena, de aquella VIDA AMADA y ENTREGADA.

La cruz y la Vida toman sentido en el pan, en el vino, en el compartir, en la fraternidad, en el cariño, … AMAROS.

AMAROS, no de cualquier manera sino con AMOR DE AMISTAD, con AMOR DE ÁGAPE. AMAROS como yo os he amado, APASIONADAMENTE.

AMAROS, COMO YO OS HE AMADO, HASTA EL FINAL.

Dime ¿a ti, cómo te gusta que te quieran?

Vete, y haz tú lo mismo.

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VIERNES SANTO

es el día en que celebramos a Jesucristo, contemplándolo clavado en la cruz, ofreciendo su vida por cada ser humano.

La crucifixión era la ejecución más cruel y degradante que se conocía. Un ciudadano romano no podía ser crucificado. La muerte llegaba, por fin, después de una larga agonía.

Creemos en Jesús que se entregó a la muerte en la cruz para salvación de toda la humanidad. Porque nos quería fue crucificado, murió y fue sepultado. Porque nos sigue queriendo se sigue entregando y perdonando cada día

Este Viernes Santo volvemos a vivir con Jesús su Pasión: el apresamiento, los interrogatorios de Herodes y Pilatos, la flagelación, la coronación de espinas y la crucifixión.

En oración releemos y acogemos, en silencio y amor, su testamento: El sermón de las siete palabras;

La entrega de Jesús en la cruz se vuelve a vivir en cada Eucaristía y en cada acto de amor y socorro al prójimo más próximo; Jesús sigue vivo y permanece con nosotros/as.

• Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

• En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.

• Mujer ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu Madre.

• Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

• ¡Tengo sed!

• Todo está cumplido.

• Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

SÁBADO SANTO

es un día en el que la Iglesia nos invita a permanecer junto al sepulcro del Señor en silencio, recordando contemplativamente su pasión y muerte, esperando la resurrección.

Hay acontecimientos en la vida que sólo pueden vivirse en el silencio. Toda palabra está de más. Es el día del gran silencio de la Iglesia, del gran temblor del corazón del mundo. Iglesia y mundo, quieren escuchar a Dios.

¡HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!

La resurrección de Jesús transforma la historia entera. La resurrección es un hecho esperado e intensamente deseado.

He aquí el Misterio de nuestra fe. He aquí el deber de todo cristiano: Vivir y anunciar al resucitado en nuestra vida, con nuestra vida, desde nuestra vida.

“Es verdad, Cristo ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24, 34)  y, a… ¿a quién has mostrado tú la vida del resucitado?

“Vete a mis hermanos y dile...”  (Ju 20, 17). Vamos, ¿a qué estás esperando?

Mª Victoria (Charo) Alonso CM



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