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“No temáis a los que matan el cuerpo”

Publicado el viernes, 13 de septiembre de 2013

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 “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” Jn. 15,20

         No fuimos hechos para la cruz, pero es necesario asumirla para poder entrar en la gloria. Todo hombre, por el mero hecho de ser hombre, es un crucificado. (Boros)

         La cruz no se elige. La cruz se acepta. Está siempre en función de un objetivo por el que se ha optado. La cruz de Cristo, fue el resultado de la decisión de cumplir, hasta las últimas consecuencias, la Voluntad de su Padre. La cruz se convirtió en signo de fidelidad a lo que el Padre quería de él, y de amor infinito a los hombres.

         La cruz, es inevitable en nuestra vida, y para el cristiano, condición esencial.  Deberíamos comprender, claramente, que en nuestra vida de seguimiento de Cristo, ‘seguimiento del crucificado’, su imitación no es ningún suceso extraordinario, entra dentro de la consigna del Señor,  ‘el que quiera seguirme, que cargue con la cruz de cada día y me siga’. La cruz del creyente se hace, cada vez más, signo y sacramento de salvación y redención. “¡Oh, amor!, ¡amor!, el deseo que  tengo de la salud de mi madre, la Iglesia, no me deja ni un momento de reposo” Lu, IV,4. 

         Sólo logra hallar a Dios en todas las cosas, experimentar la transparencia divina en la vida, quien lo encuentra  en lo más inaccesible de este mundo: en la cruz de Cristo; en ella la hallaron nuestros mártires. 

         El martirio pertenece a la entraña misma de la fe cristiana. Mártir fue Jesucristo; mártires fueron los apóstoles, mártires han sido con mucha frecuencia, los primeros evangelizadores y evangelizados de los  países donde se implantaba el cristianismo. “El martirio –escribía Francisco Palau- es el acto principal de la virtud de la perseverancia, el más noble y heroico, y es sufrir con firmeza hasta dar la vida por Dios”  MM 20,2. 

         Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había  transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.  Benedicto XVI. 

                ‘Darse’, como ofrenda de sí mismo, es el acto supremo del amor. Nuestros mártires, lo hicieron con las manos abiertas hacia Dios y hacia el prójimo. Esta donación de amor humano, vivido a lo divino, es el legado que nuestros mártires nos dejan en este día de su  Beatificación.

                                              Mª Consuelo Orella  cm



En torno a la Beatificación de nuestros Mártires »

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