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Esta Navidad quiero estar contigo

Publicado en LUBARRI. Diciembre 2013. Revista trimestral del APA del Karmelo Ikastetxea (Donostia) por Mª Victoria (Charo) Alonso

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 ¿No oíste los pasos silenciosos?

Él viene, viene, viene siempre.
En cada instante y en cada edad,
todos los días y todas las noches,
Él viene, viene, viene siempre.
He cantado en muchas ocasiones y de mil maneras;
pero siempre decían sus notas: Él viene, viene, viene siempre.
En los días fragantes del soleado abril,
por la vereda del bosque, Él viene, viene, viene siempre.
En la oscura angustia lluviosa de las noches de julio,
sobre el carro atronador de las nubes,
Él viene, viene, viene siempre.
De pena en pena mía,
son sus pasos los que oprimen mi corazón,
y el dorado roce de sus pies
es lo que hace brillar mi alegría.

Rabindranath Tagore

 

¡Oh Señor! Como todos los años, cuando los escaparates y las calles con sus luces de neón me avisan que se acerca la Navidad, mi corazón protesta porque hacemos de tu venida, la posibilidad de un negocio rentable, y olvidamos lo que celebramos de verdad.

Como todos los años digo que este año no será así y que quiero preparar tu venida y prepararme para ella porque igual que aquella noche en Belén tú sigues naciendo cada día, vienes a mí, vienes siempre. Quiero prepararme para recibirte en cada una de las personas que se cruza en mi diario acontecer, sobre todo en aquellas más necesitadas de reconocimiento.

Quiero encontrarme contigo y como los discípulos, “quiero que me enseñes a orar, que me enseñes a preparar nuestro encuentro”, que nos enseñes a orar, como Juan enseñaba a sus discípulos.

Ellos, los discípulos pensaban en una oración concreta y Jesús, les enseñó el “Padrenuestro”.

Pero orar no es sólo recitar una oración. Los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar porque le veían orar a él. Le veían en un diálogo íntimo con su Padre Dios.

Orar es, sobre todo, ponerse en comunicación íntima, reverente y filial con Dios. Establecer un diálogo amoroso con Él. ¿Os acordáis de lo que decía Santa Teresa a sus monjas? “Orar es estar muchas veces a solas, tratando de amor, con Quien sabemos nos ama”.  

Orar no es sólo hablar a Dios, sino hablar con Dios. Orar no es otra cosa que, mirar alrededor y escuchar.

Lo primero que debe debemos descubrir en nosotros para poder “hablar” con Dios es que le amamos y que nos ama. Donde no hay amor, no puede haber una verdadera conversación. ¿No sucede así entre dos esposos o entre dos amigos?

Según vamos leyendo o escuchando la Palabra de Dios, vamos descubriendo las características de la oración. Una de las oraciones más frecuentes entre nosotros es la oración de petición. En esta, como en cualquier tipo de oración hace falta perseverancia ¿Os acordáis de la viuda aquella que consiguió justicia del juez injusto por “pesada”? Si no os acordáis bien y queréis recordarla está en Lc 18, 1-8

Y es que hay personas que se desaniman enseguida, si no consiguen pronto de Dios lo que piden. Hay que ser perseverantes. Y ¿hasta cuanto hay que perseverar? Pues mira, depende de lo que se pida y la manera como se pida. Decía San Agustín que a veces Dios parece que no nos escucha: “O porque somos malos, o pedimos mal o pedimos cosas malas”.

Pedir cosas malas quiere decir pedir cosas que no nos convienen para crecer en ese ser persona a imagen y semejanza de Dios, o cosas imposibles, como el pedir que me toque la lotería, y sí, sí que he comprado un décimo pero otros están pidiendo por otros números. Y no te digo nada cuando pedimos cosas que son en contra de otros, como el pedir en un deporte que un equipo gane, cuando otros están pidiendo que gane el equipo contrario. O cuando no estudio lo suficiente y pido para que el examen me salga bien. Estas cosas no deberían de entrar en la oración. Dios nos ha hecho libres y capaces. La viuda del Evangelio pedía justicia. En la mentalidad bíblica justicia es la santidad, que nos llevará al Reino definitivo de Dios.

A veces se piden cosas difíciles, por ejemplo el cambio para mejor de una persona. Somos libres, así que aquí entra en juego la disposición de esa persona; puede que se necesite tiempo y quizá hasta lágrimas, ¿conocéis la historia de Santa Mónica, madre de San Agustín, la patrona de las madres, que lloró, y mucho, por la conversión de su hijo Agustín?.

A veces creemos que hemos pedido con perseverancia, pero la realidad es que nos hemos cansado enseguida. Dios no es ningún dispositivo mecánico.

La oración debe estar unida a la fe. Seguimos orando porque debemos seguir aumentando la fe y la confianza. No necesitamos perseverar porque Dios nos se acuerde de nosotros, sino para que nosotros no nos olvidemos de Él.

La perseverancia también suele estar en relación con la fe. La virgen María no necesitó perseverancia sino sólo presentar la necesidad. Recordad las bodas de Caná  “No tienen vino”. (Juan 2,3).

La oración es una actitud fundamental del creyente. Para quien no cree, la oración no tiene sentido, porque sería absurdo hablar ante la nada. Pero para el creyente la oración es el sustento, el alimento de la vida divina, vida que brota del encuentro del ser humano con el ser divino.

Pero, como dice Jesús al final: “¿Encontrará Dios esta fe en la tierra?” (Lc 18, 8)

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Como os digo: Rezar es sobre todo amar; al mismo tiempo que le pedimos, debemos estar agradecidos por tanto como nos ha dado y nos sigue dando. Necesitamos perseverar para aumentar nuestra actitud de humildad, de confianza, de escucha de su voluntad. Sólo esto ya es algo tan valioso o más que lo que estamos pidiendo.

La oración a veces la hacemos en grupo: la eucaristía, la liturgia de las horas, el rosario, grupos que se reúnen a orar,… ahí está Jesús porque él nos dijo “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18, 20). También es necesario orar en particular y quizá donde no nos vean: “Vosotros cuando oréis, no uséis muchas palabras, usad el corazón, pues vuestro Padre sabe lo que necesitáis, antes de pedírselo” . (Mt 6, 7…); entra en tu cuarto, ora en lo oculto, ora en lo escondido, y tu Padre, que está en lo escondido, te escuchará (Mt 6, 6).

Y al lado de Jesús, siempre estará María, como en la noche de Belén, como en las bodas de Caná, como en la cruz, … recibiendo nuestra oración.

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Un cuento para orar y disfrutar en familia esta Navidad

De entre todas las estrellas que brillan en el cielo, siempre había existido una más brillante y bella que las demás. Todos los planetas y estrellas del cielo la contemplaban con admiración, y se preguntaban cuál sería la importante misión que debía cumplir. Y lo mismo hacía la estrella, consciente de su incomparable belleza.

Las dudas se acabaron cuando un grupo de ángeles fue a buscar a la gran estrella:

- Corre. Ha llegado tu momento, el Señor te llama para encargarte una importante misión.

Y ella acudió tan rápido como pudo para enterarse de que debía indicar el lugar en que ocurriría el suceso más importante de la historia.

La estrella se llenó de orgullo, se vistió con sus mejores brillos, y se dispuso a seguir a los ángeles que le indicarían el lugar. Brillaba con tal fuerza y belleza, que podía ser vista desde todos los lugares de la tierra, y hasta un grupo de sabios decidió seguirla, sabedores de que debía indicar algo importante.

Durante días la estrella siguió a los ángeles, indicando el camino, ansiosa por descubrir cómo sería el lugar que iba a iluminar. Pero cuando los ángeles se pararon, y con gran alegría dijeron “Aquí es”, la estrella no lo podía creer. No había ni palacios, ni castillos, ni mansiones, ni oro ni joyas. Sólo un pequeño establo medio abandonado, sucio y maloliente.

- ¡Ah, no! ¡Eso no! ¡Yo no puedo desperdiciar mi brillo y mi belleza alumbrando un lugar como éste! ¡Yo nací para algo más grande!

Y aunque los ángeles trataron de calmarla, la furia de la estrella creció y creció, y llegó a juntar tanta soberbia y orgullo en su interior, que comenzó a arder. Y así se consumió en sí misma, desapareciendo.

¡Menudo problema! Tan sólo faltaban unos días para el gran momento, y se habían quedado sin estrella. Los ángeles, presa del pánico, corrieron al Cielo a contar a Dios lo que había ocurrido. Éste, después de meditar durante un momento, les dijo:

- Buscad y llamad entonces a la más pequeña, a la más humilde y alegre de todas las estrellas que encontréis.

Sorprendidos por el mandato, pero sin dudarlo, porque el Señor solía hacer esas cosas, los ángeles volaron por los cielos en busca de la más diminuta y alegre de las estrellas. Era una estrella pequeñísima, tan pequeña como un granito de arena. Se sabía tan poca cosa, que no daba ninguna importancia a su brillo, y dedicaba todo el tiempo a reír y charlar con sus amigas las estrellas más grandes. Cuando llegó ante el Señor, este le dijo:

- La estrella más perfecta de la creación, la más maravillosa y brillante, me ha fallado por su soberbia. He pensado que tú, la más humilde y alegre de todas las estrellas, serías la indicada para ocupar su lugar y alumbrar el hecho más importante de la historia: el nacimiento del Niño Dios en Belén.

Tanta emoción llenó a nuestra estrellita, y tanta alegría sintió, que ya había llegado a Belén tras los ángeles cuando se dio cuenta de que su brillo era insignificante y que, por más que lo intentara, no era capaz de brillar mucho más que una luciérnaga.

“Claro”, se dijo. “Pero cómo no lo habré pensado antes de aceptar el encargo. ¡Si soy la estrella más pequeña! Es totalmente imposible que yo pueda hacerlo tan bien como aquella gran estrella brillante... ¡Qué pena! Mira que ir a desaprovechar una ocasión que envidiarían todas las estrellas del mundo...”.

Entonces pensó de nuevo “todas las estrellas del mundo”. ¡Seguro que estarían encantadas de participar en algo así! Y sin dudarlo, surcó los cielos con un mensaje para todas sus amigas:

"El 25 de diciembre, a medianoche, quiero compartir con vosotras

la mayor gloria que puede haber para una estrella:

¡alumbrar el nacimiento de Dios! Os espero en el pueblecito de Belén, junto a un pequeño establo."

Y efectivamente, ninguna de las estrellas rechazó tan generosa invitación. Y tantas y tantas estrellas se juntaron, que entre todas formaron la Estrella de Navidad más bella que se haya visto nunca, aunque a nuestra estrellita ni siquiera se la distinguía entre tanto brillo. Y encantado por su excelente servicio, y en premio por su humildad y generosidad, Dios convirtió a la pequeña mensajera en una preciosa estrella fugaz, y le dio el don de conceder deseos cada vez que alguien viera su bellísima estela brillar en el cielo.

Pedro Pablo Sacristán



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