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En Francisco Palau

FOTOIcono de Francisco Palau

Icono de Francisco Palau

La cueva para Francisco Palau era no sólo un lugar geográfico solitario y silencioso, grávido de soledad sonora, sino también una dimensión de su personalidad contemplativa - misionera, buscadora de la Belleza, sedienta del Amor de su vida, la Iglesia: Dios y los prójimos, en un solo amor.

“Mi misión se reduce a anunciar a los pueblos que tú –Iglesia- eres infinitamente bella y amable y a predicarles que te amen; amor a Dios, amor a los prójimos, este es el objeto de mi misión: y tú eres los prójimos formando en Dios una cosa sola” (M R II).

Toda la geografía Palautiana está sembrada de cuevas, lugares donde acontecieron experiencias profundas del misterio de Dios: Aytona, Vedrá, Monsant, Barcelona, Santa Cruz de Vallcarca, Es Cubells, San Honorato de Randa, Mondesir, Livron, Cantayrac, Gamalus. 

“Hace cuatro días que vivo en estas peñas solo. Encontré la grande cueva donde estaba el agua, y una gotera sola me da bastante para mi consumo… Como el objeto de mi retiro es ordenar mis cosas y las de los que dirijo según Dios, tomo ahora la pluma para comunicarte los sentimientos y luces que el Señor se ha servido darme.” (Carta 39, Vedrá, 24/07/1857).

A las cuevas, lugares solitarios, se retiraba con relativa frecuencia, como una necesidad de su ser sediento de Agua Viva, de Presencia, de relación, de entrega, de servicio, de comunión, con su Amada, la Iglesia.

“Mi unión, mi enlace espiritual con la Iglesia, hija predilecta de Dios, esto es el objeto único y principal que tienen mis ejercicios. De esto tengo llena la cabeza y el corazón y no sé pensar otra cosa y en cinco días no he podido apenas concluir un pan” (Carta, 67: Vedrá, 23/08/1861)

En estos lugares solitarios y silenciosos se gesta lentamente el Proyecto eclesial del Carmelo Misionero. 

“Los designios de Dios sobre vosotras esto ha sido en estos días uno de los objetos de mi meditación” (carta 75: Santa Cruz de Vallcarca, 0/01/1862). 



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